Kronología de este día (sí, la K es primero nuestra)

Finalmente tenemos confirmación de lo que todos dábamos por hecho casi como una ley natural.

Me enteré por Facebook, por el comentario de alguien que quizás con sarcasmo decía “habla la excelentísima presidente”. Miré arriba y abajo del comentario y ahí los vi, el post de Visión 7, el post de Aníbal, un extracto de las palabras de Cristina. Y  en plena jornada laboral, dudé en reproducir el video que ya estaba en Youtube: no me domino cuando la oigo.

Luego en casa estrené mi regalo del día del padre. “El flaco” de José Pablo Feinmann. En el primer capítulo se percibe de inmediato como un libro entrañable. Y muy simbólico el saberlo a Néstor como padre de la nueva política, teniéndolo presente en el día del padre a través de las palabras de Feinmann; que no sólo le devuelve la vida, sino que te lo deja cerquita, casi que te agarra el cachete y te da una palmadita, como perdonándolo a uno por no haberse dado cuenta antes.

Y bueno, envuelto en tanto pensamiento, se me vinieron los comentarios esos que nos señalan como fanáticos, cegados de la realidad, que nos venden mentiras con metodologías de propaganda nazi, y…

No podrán decir lo mismo los que fueron Peronistas o Radicales según la doctrina familiar. Yo elijo porque me veo en mis semejantes, no por antinomias o mandatos o presiones. Y eso también nos lo enseñó Néstor abriendo la puerta a cualquiera que tuviera intención de sumarse al proyecto, en ese colectivo que le reclamaba a Pino Solanas, y que la gran mayoría opositora desoyó.

Sigan señalando y llamándonos nombres. Mientras entre todos vamos a construir un país aun mejor para ustedes también.

Por 4 años más!

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Juego de niños

El espacio inconmensurable, la quietud ingrávida del espacio, el silencio espacial impenetrable. Su corazón solitario guía las manos sobre los controles indescifrables. La nave se interna en una masa negra inexplicable, como atraída se deja llevar. Y es inhumana la forma de sufrir de Luis, el experto piloto que sin más sucumbirá. Su rostro inmutable presencia el fin de su viaje; y de su vida. Pero algo inesperado, como puede ser una repentina baja en la potencia de sus magnetos especiales, impide que la nave desaparezca. Increíblemente confiado, suspira aliviado y redescubre cuanto le gustan esos momentos en los que cree respirar por última vez. Deja atrás la mortal oscuridad y programa su nave hacia la ineludible estación de descanso. Desciende y, sin inconvenientes, conquista a una criatura galáctica. Ella creyó irreconocible la figura de Luis, de tal manera que al principio de la conquista, ella prefirió no ser conquistada. Pero Luis, con su inmensa galantería, siempre supo como debilitar la guardia de jóvenes celestes.

A la mañana siguiente lo despertó una alarma, inaudible para los demás. Era el llamado de su superior inmediato, quien inmutable le ordenaba tomar por sorpresa la base enemiga en un planeta lejano. Nuevamente, Luis, no tuvo otra opción más que correr hacia su irremediable destino.

NOTA: Divertimento para mantener la neurona activa (la mía). Ya que el cuento es cortito, lo vamos a acompañar con una imágen del espacio exterior para no quedarnos con hambre.


 

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More geométrico (a J.L.B.)

More geométrico. No, decididamente no es este el mejor modo de iniciar mi relato. Sin embargo, nada nos demuestra la existencia del infinito. Podemos inferir que todo lo que no es finito es de hecho eterno. Pero dudo que mi relato lo sea; eterno ni mucho menos. De tal manera debe tener un comienzo. El único inconveniente que se me presenta, habiendo pasado ya demasiados años, es la falta de detalles en mi mente. De cualquier manera, los abajo enunciados son los hechos mas importantes. Ahora vivo solo, en un departamento sobre la avenida San Juan, y mis días se limitan a escuchar discos de jazz clásico y a reorganizar mi biblioteca. Cobro una pensión que me mantiene de este lado, y comparto conversaciones esporádicas – más no faltas de energía – con un amigo resultante de mis días de bachiller. Él fue el primero en oír mi historia y tal vez busco, ahora que la escribo años más tarde, el mismo efecto en el rostro del lector. Tengo la imagen de su boca entreabierta, el ceño fruncido. Sus ojos mudos.

Era una tarde de esas frecuentes. Me encontraba en un estudio que solía alquilar. Un acto vanidoso, creer que necesitaba un lugar alejado de mi hogar – igualmente solitario que el estudio – para desarrollar mis inquietudes. De todas formas, era conveniente dada la no poca cantidad de libros que poseía y poseo. Esa tarde debía devolver un ejemplar a la Biblioteca Nacional. Terminado un ensayo sobre George Herbert que titulé, dudo si afortunadamente “Thy rope of sands”, me preparé para la caminata. Llevaba mi sombrero gris, y un sobretodo gastado. El tiempo me hacía prescindir del bastón que hoy favorece mis pasos.

Con el libro bajo el brazo llegué hasta la biblioteca. Me quité el sombrero y saludé con un ademán a la gente de información. Regresé el libro a su origen y recordé que, a efectos de concluir con un relato que situé en Noruega, en las Orcadas precisamente, debía sacar un mapa de aquella zona. Aclaro que nunca salí del país, y creo que nunca lo haré. Bajé hacia el sótano por la escalera curva que se encuentra a la derecha del vestíbulo. Bajo el estante correcto, comencé a tirar del borde de una cartografía. Una pequeña escalerilla ayudaba infructuosamente mi búsqueda, y sin poder ver más allá del borde, arrastré algo más hasta que cayó sordo al piso.

Rápidamente olvidé los mapas y bajé los peldaños. Recogí el libro y me sorprendió su peso. En el lomo decía Holy Writ y abajo Bombay. Estaba escondido; no había dudas de ello. Intenté ver si en la retiración de la contratapa poseía los datos pertinentes al libro, como cualquier otro que se encontrara en catálogo. Lo abrí por donde creí se encontraban las últimas hojas, mas me había equivocado. Aún quedaban muchas. Puse mis dedos índice y mayor en la esquina inferior derecha y comencé a pasar las páginas con rapidez, sin prestar atención al contenido. Nunca llegué al final. Durante años fui un visitante ejemplar de la biblioteca y todo el mundo me recuerda como tal, pero en aquel momento supe que no podía declarar aquel libro. Tomé entonces un mapa que bien podría haber sido de las Orcadas, aunque el entusiasmo me hizo olvidar todo aquello, y envolví el libro. Pude confirmar la inexistencia en catálogo de aquel ejemplar cuando, en la recepción, no me detuvieron. Declaré sólo el mapa y me fui con el libro. Estaba encuadernado en tela, y aún recuerdo la textura en los dedos durante la caminata hacia mi estudio.

Cuando llegué me deshice del mapa dejándolo sobre la mesita de las llaves y puse el libro sobre el escritorio. Llené una copa de vino tinto Malbec – Merlot; detalle que no recuerdo mas lo asumo, ya que aún hoy y pese a las restricciones médicas, sigo bebiendo de esas uvas. Me senté en uno de los sillones con la copa en la mano. La línea de luz que entraba por las rendijas de la persiana entreabierta descendía por mis piernas; y cuando intuí terminada la tarde, me paré y enfrenté aquel voluminoso ejemplar. Lo abrí por su parte media. Dividido en dos columnas como una Biblia, el texto estaba ordenado en versículos. Los caracteres eran extraños, mas la numeración de las páginas no era normal. No sólo estaban desordenadas, sino incoherentes entre sí. Números pares seguían otros pares, unos de tres cifras precedían otros de cinco o más. Las hojas eran muy delgadas, aunque no podía verse a trasluz. Recuerdo que me llamó la atención el no haber podido encontrar las páginas ya vistas, por más trucos que intenté practicar. Una vez vuelta la página, no había forma de volver a encontrarla. Indudablemente no era un libro ordinario.

En sus páginas había ilustraciones de todo tipo, de todo tiempo. Grabados a un color o diseños más desarrolladas, hasta casi fotografías. El libro hablaba de todo tipo de materias, mas sin un índice se complicaba la búsqueda de temas en particular. Leí la historia de Napoleón, detalles que sólo pudieron ser escritos por el mismo Napoleón o su madre; el umbral antropológico de las ranas; parte de la historia política, social, cultural y económica de Katmandú; el origen de la palabra escalpelo. Leí sobre Joyce, detalles que no podría conocer ningún historiador, salvo que los inventara. Claro que todos los nuevos datos sobre Joyce, así como los del militar francés, se acoplaban perfectamente con los ya sabidos. También encontré nombres y lugares desconocidos; todos tratados como si fueran los del saber popular. Este libro se excedía de los elementos que completan cualquier enciclopedia. Hasta el momento era como un juego, más que una abominación. Me entretuve toda la primera noche buscando mas peculiaridades del libro, y anotando en una libreta los temas que encontraba.

En un momento de la mañana sonó el despertador que tenía en el estudio ya que no suelo mirar el reloj cuando estoy escribiendo. De manera que eran las seis y media. Di vuelta una página sin mirar, ya que mi atención se centraba ahora en el ruidoso aparato. Me levanté a apagarlo, y volví al escritorio. Leí en el libro: “Cuando llegó se deshizo del mapa dejándolo sobre la mesita de las llaves y puso el libro sobre el escritorio. Llenó una copa de vino tinto Malbec – Merlot; detalle que no recuerda mas lo asume, ya que aún hoy y pese a las restricciones médicas, sigue bebiendo de esas uvas. Se sentó en uno de los sillones con la copa en la mano.” Reí. ¿Había visto ya esta página y por consiguiente supeditado mis actos? Era muy improbable dado el detalle exacto del vino. Además no recordaba la ilustración de aquella página. Se trataba de un grabado significando un libro, muy parecido al que estaba leyendo. Con una lupa examiné el grabado. En el lomo del libro ilustrado se leía Holy Writ. En aquel momento me llené de preguntas que estaba dispuesto a formular en voz alta, en la soledad del estudio. Mas no llegué a emitir sonido, ya que mis ojos leyeron aquellas preguntas en las páginas del libro perpetuo.

La respuesta a la primer pregunta era SI. La respuesta a la segunda era SI. La respuesta a la tercera era NO.

El libro seguía así: “Reflexionó. Comprendió que se trataba del libro del universo, cuyas páginas contienen la historia del todo. Era entonces infinito. Y casualmente, o por designios del libro mismo, se había tropezado con el capítulo concerniente a su persona. Tomó una libreta nueva del cajón y comenzó a transcribir lo que leía para no perder detalle. Comprendió que la página pronto acabaría. Él, en el presente en el que leía el libro, aún era muy joven; más páginas debían estar destinadas a su historia. Un lápiz cayó al suelo.” Recogí el lápiz, en efecto y di vuelta la página. Obviamente estaba empezada; y hablaba de Aristófanes y sus detalles.

A esas primeras veinticuatro le siguieron otras treinta y seis horas. Nunca encontré la página posterior.

Me deshice del libro, mas no diré qué fue de él. Ya no soy su dueño y espero que nadie lo sea. Si el lector quisiera buscarlo, o quizás lo encontrara; si pensara por un segundo en hacerse del libro de arena, antes escuche a este viejo. Que el lector no se haga ninguna pregunta, podría encontrar la respuesta.

NOTA: ¡Oh, osadía adolescente que me empujaste a realizar una fútil remake del Libro de Arena de Borges!. Sepan disculpar y comprender. Igual, creo que si el original de Borges no existiera, este sería un lindo cuento…

 

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Esther

Esther despierta una mañana cualquiera. Nunca fue muy conciente del paso del tiempo, salvo por las variaciones climáticas. Abre los ojos alterada, creyendo oír el teléfono, pero no es más que un sueño; un engaño de su mente anciana y cansada. Lleva ya treinta años en esa casa y no sale de ella por nada; y muchas veces no es por falta de voluntad, sino más bien por una condición superior a Esther misma: un compromiso.

Vive en una casa pequeña. Un sólo ambiente dividido al medio por una frazada que cuelga de una soga transversal, frazada que en verano es una sábana para evitar la sensación de agobio; de color celeste las paredes, celeste gastado gastadísimo y cuadros con reproducciones de paisajes campestres, cuadros torcidos; una lamparita colgando de su cable en el medio del cielorraso, encendida sólo de noche en verano pero desde la tarde en invierno porque Esther no tolera la penumbra; una ventana con balcón francés que corteja la cama, de una plaza, siempre prolija, nunca migas o arrugas; al otro lado de la pared ficticia un mueble con puertitas, una mesa, su silla; y sobre la mesa el teléfono.

Camina arrastrando un par de pantuflas de piel de cordero teñido de rosa por equivocación del servicio de lavandería. El primer martes de cada mes retiran su ropa, la lavan, la secan, la planchan, y la devuelven. No es el único servicio que Esther recibe en su casa. Todos los viernes del almacén retiran una lista de víveres y los entregan diligentemente. Los miércoles, principalmente los primeros del mes, pasa el encargado del edificio, quien retira las facturas impagas y, luego del trámite, devuelve el excedente de dinero y los papeles sellados. Los lunes el diariero le pasa por debajo de la puerta un ejemplar de cada diario, una revista de chismes de farándula y quince revistas de crucigramas y entretenimientos.

Así sabe que es lunes. Entonces Esther despierta un lunes cualquiera, creyendo oír el teléfono pero no, camina arrastrando sus pantuflas fuera de temporada, tropieza con los ejemplares desparramados desde la puerta hasta debajo de la silla. Los recoge y deja sobre la mesa, y va hacia la cocina a poner agua para sus mates. Gira la perilla de la hornalla, luego gira la perilla de la radio, luego saca un fósforo y enciende. El fogonazo siempre la toma por sorpresa, pero Esther es presa del silencio antes que del olor a gas. El murmullo del programa de radio, a través de la amplitud modulada, le recuerda cómo es la voz humana.

No hay pesar en sus costumbres. Sólo un sentido de deber. Está esperando que suceda, poder cumplir. Poco entiende ella de probabilidades y cálculos matemáticos, pero una vez le dijeron que tanto va el cántaro a la fuente que al final se rompe. Era evidente para ella, luego de meditar sobre el asunto, que cuanto más tiempo el cántaro tarde en ir a la fuente, menos tiempo falta para que vaya. Y ya hacía ocho lavados de ropa que ese teléfono no sonaba. Y antes que eso estuvo aguardando diez mandados al mercado.

El mate está listo y también sus anteojos de leer, su lápiz, y uno de los crucigramas. Pronto se da cuenta de que es muy temprano para eso y toma de la pila la revista del corazón. El primer mate le recuerda a su juventud. Suspira. Toma otro. Da vuelta la página.

Ya el mediodía impone un almuerzo, y en la cocinita no se pueden elaborar platos espléndidos y magnánimos; sólo una cacerola es posible de utilizar al mismo tiempo que una sartén, dejando la pava sobre la heladera. Poco la entusiasma el cocinar, si sólo comerá ella y nada le importan los sabores. Come por necesidad, para que la comida no se pudra, y ella odia tirar comida; para que su cabeza no duela, y su estómago no rezongue; para poder estar alerta, lúcida, consciente; para poder estar allí.

Y por fin, mientras descuidadamente da vueltas al arroz, su presentimiento es avalado. El teléfono, negro, antiguo y pesado suena con su campañilla estridente y desafinada. Se apura hacia la mesa, levanta el tubo y dice:

“Gracias por comunicarse con Fraga y Fresán ropa de etiqueta para el caballero de mundo. Nuestro nuevo teléfono es 0810-222-7874. Muchas gracias”.

Esther cuelga el teléfono y la fuerza de sus labios empuja la piel hacia arriba, y las arrugas son múltiples paréntesis que encierran la complacencia en una sonrisa.

NOTA: Todos tenemos una tarea por delante. Esther es feliz así… que vamos a hacer.

 

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Lo que recetó el médico

El FUNK es un fármaco de acción revitalizante del sistema nervioso central, y propiedades convulsivantes.

Farmacocinética
Se absorbe en el tracto gastrointestinal, pelvis, caderas y talones. La eliminación del fármaco es lenta ya que los metabolitos activos pueden permanecer en la sangre varios días e incluso semanas, con efectos persistentes en el movimiento corporal. El Funk es de vida media intermedia, fluctuando entre los 30 y los 40 años. Su unión a las proteínas es alta; se metaboliza en el hígado y se excreta por vía renal.

Indicaciones
El Funk se indica para favorecer las crisis mioclónicas; ausencias de tipo epiléptico (refractarias a succinimidas o ácido valproico); crisis estacionarias tonicoclónicas (generalmente asociado con el Blues); trastornos de pánico, o trastornos de la vigilia como el sedentarismo.

EN CASO DE SOBREDOSIS: En cuánto note que no puede dejar de moverse, o simplemente necesita unos minutos de blues psicodélico pre y post apocalíptico, puede ingerir la siguiente propuesta.

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Manifiesto ausentista

1

Y así es como, después de un viaje tan largo, arribaron a las costas de aquel lugar. Creyeron que era su destino, pero pronto comprobaron la vulgaridad del asunto. El capitán se vistió con sus pantuflas preferidas, y los tripulantes con sus babuchas. Cargaron sus caramagnolas. El líquido les proporcionaría la integridad necesaria para completar la misión. Bajaron el primer escalón y despidieron un olor nauseabundo. Con cada pisada el olor se hacía más intenso, tal y como fuera planeado. Sólo estaba aquel inconveniente: se encontraban en otro lugar. La conquista sería, pues, más difícil. No habría ninguna señal de esto hasta muy tarde en el relato. Todos comprendieron con espanto que el nivel del mar ya no era el mismo. Además, todos los banjos se habían pulverizado. El capitán palpó a los tripulantes en busca de una explicación. La encontró muy pronto en los bolsillos del marinero O’Connors: la reina no iba a estar feliz.

2

Cosas peores habían pasado, pero ninguna se comparaba con ésta. La desaparición espiritual del teniente O’Rourke no era cosa de broma. Su último intento de decir una que otra palabra fue vano, ya que era mudo. Intentó escribir, pero era manco, así que mientras moría, golpeaba el escritorio con su cabeza, cosa que aceleró su muerte.

3

“No” dijo Ethel mientras afirmaba con su cabeza. Luego repitió: “No”. Ésta vez usó las manos para fortalecer la contradicción. Nadie sabía qué creer. Ninguno de los presentes en esa habitación, la noche en que la lluvia se filtró por el burlete, fue capaz de descifrar los mensajes que Ethel les había dado. A ciencia cierta, no sabremos si algún ausente podría. Es por esto que los cuatro le dieron la espalda y volvieron a sus habitaciones. “No” dijo Ethel, y se fueron.

4

El cu-cu cursaba uno de esos momentos en los que permanecía oculto. Sumido en su vida interna, arreglaba su cabello, pues tenía una cita a la cual asistir. El talco bajo sus alas dejó un decorado particular en su plumaje. Lo hacía verse como un pájaro de otra especie. Se le hacía tarde y estaba nervioso. No era la primera vez, y sabía que no sería la última. Volvió a revisar su indumentaria y todo estaba listo para la cita. Era a la una, y por un segundo el Cu-cu vio la luz.

5

Un abrumador silencio llenaba los oídos del viajante de comercio. Luego una ráfaga de metralla cayó sobre él, pero tampoco le importó. El cubo de Rubik que sostenían sus manos se cayó al piso, arrojado por la ira del viajante. El lodo lo tragó.  Lo descubrió él mismo tres años después. Tampoco esa vez pudo resolverlo, así que la ira hizo del cubo una piedra sobre el fango una vez más. Entonces le preocupó más el origen de la metralla, pero eso era lo que ellos querían.

6

Entonces la elección era difícil: matar o morir.

-Nos encontramos nuevamente.

-Ahá.

-Al fin el cántaro olvidó el camino.

-Ss…sí.

-La gota erró el vaso… ¿no?

-Documentos…

-Se los lleva aquel pelado, hombre calvo, descabellado.

-Ya veo…¡Señor!

-¿SI?

-Documentos.

Y así O’Maley descubrió con horror la existencia de dos hombres exactamente iguales, idénticos, similares.

7

Ron conoció entonces la diferencia entre no saber y saber. Su peso en oro le fue ofrecido por el rey de su país, pero no fue suficiente para ocultar la vergüenza de la esfinge. Su moral quedó maltrecha e irreconocible. La cosecha de espárragos disminuyó. El horror colmó los rostros de todos los topos del lugar, al ver que serían perseguidos eternamente por la mala suerte.

8

Sumido en la oscuridad, amordazado y maniatado no podía comprobar si estaba efectivamente solo. Así que luego de lo que creyó era mucho tiempo comenzó a idear juegos para mantener su cordura. Primero preguntas y respuestas sobre sí mismo… Muy fácil. Luego pensó en la gente de la cual creyó que lo acompañaría hasta el final. Él estaba más allá del final, no podía culparlos. Inventó un idioma secreto para que nadie, si es que había alguien, pudiera interceptar los mensajes que se enviaba a sí mismo. El idiota preguntó si había alguien allí.

9

Ni el segundero se movió, ni el minutero. No corrió una nube, ni se ocultó el sol. No cayó una gota, ni se secaron los mares. Un barco no se movió, pues no sopló el viento. La música quedó estática dentro de su cajita, mientras la niña no pestañeaba. La roseta de maíz no abandonó el recipiente, ni la consumió el fuego. El hombre no caminó, ni llegó tarde. Sólo una flor brotó, marcando así la reanudación del paso del tiempo.

10

“No y sí quieren decir lo mismo en boca de un indeciso”, dijo Norman medio muerto. Viejo alcohólico, tenía por costumbre echar en cara cosas en general. Tenía cabellos femeninos y la imposibilidad de contar con los dedos. En realidad no murió, fue chupado a otra dimensión.

11

Norman y el teniente O’Rourke se encuentran en el limbo, rodeados por millones de pájaros, que les impiden ver el cielo. Se miran y se entienden. Quieren cazarlos. Al primer salto quedan suspendidos, y el teniente O’Rourke intenta patear el trasero de Norman, atinando en un pájaro que cae muerto en la realidad.

NOTA: Qué decir… Cuantos recuerdos, aquellos galápagos, el balde, un honor desprejuiciado.

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Soles supuestos

Para poner un poco de color entre tanto texto, les dejo una serie de soles pertenecientes a la colección “Fleur du soleil”. Todos las imágenes datan del 95-96. Y si el mundo fuera más fácil, todas podrían usarse como fondo de escritorio, salvo que en aquella época el 1024 x 768 era como los cohetes de Mendez a la estratósfera…

¡Disfrutelón!

Fantasía 1

Soles como huevos fritos

El sol sale en Dollar City

Sol nuclear

Puesta

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